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Guia T (Plaza San Martín, la Glorieta)

  • Writer: The DIY Scholar
    The DIY Scholar
  • 3 days ago
  • 9 min read

Había un yanqui que estudiaba con nosotros, bien raro, y no solo por el acento.


En el curso de ingreso se sentaba bien adelante, primera fila. Eso ya me caía mal, como que pensaba que era mejor que nosotros o algo así. Tomaba apuntes como un loco. Escribía, escribía, daba vuelta a la página y seguía, medio histriónico todo. No decía nada, pero llamaba la atención igual, con todo lo de los apuntes, como si hiciera un montón de ruido, pero en silencio. Bien callado, el barullo que hacía. Costaba a veces seguir a la profesora y todo eso de la base y la superestructura. Me perdía a veces y quería decirle al yanqui que se callara, que se calmara, que dejara de escribir tanto y tan histriónicamente.


Tiene cierto sentido igual, si lo pensás. Por el idioma, digo. Por ahí traducía. Por ahí escribía medio en inglés, medio en español. Andá saber qué entendía de todo lo que decía la profe. ¡Si ni te entendía bien cuando le hablabas! O entendía lo que quería. Y hablaba todo raro él, muy raro al principio, después no tanto, o por lo menos no tanto por el acento, sino por su forma de comunicar, que era algo propio de él, algo excesivo, bien excéntrico.


En el primer año no cursamos ninguna materia juntos. Lo veía en los pasillos y en el buffet, siempre nervioso, mordiéndose las uñas, levantándose constantemente de la silla y paseándose de un lado a otro, yendo o viniendo, de la baranda o la fotocopia o el techo del tercer piso o lo que sea. Era como un fumador compulsivo, por más que no fumara. Tanto nerviosismo me pone nervioso.


Pasaba bastante tiempo en la biblioteca, en el rincón, la última mesa. Supongo que quería estar cerca de los diccionarios. Siempre tenía uno en la mesa, junto al cuaderno en el que tomaba apuntes, todo agitado.


Things to Know (1971), Richard Scarry
Things to Know (1971), Richard Scarry

Ahí en el subsuelo, en la biblioteca, digo, tomaba mate. Leía y, cuando no estaba subrayando una fotocopia o tomando apuntes o consultando sus diccionarios, se cebaba un mate. Tenía un termo rojo y grandote, como queriendo llamar la atención. Se cebaba un mate, después otro, después otro, siempre con ese termo estrafalario, medio imperialista. Era una cosa de nunca acabar, lo de los mates, con un termo así de aparatoso, hiperbólico. Por más que no se levantara, era como si estuviera paseándose, de un lado a otro, interminablemente. El mate le permitía eso.


Los demás, los que sí cursaban con él, decían que era aplicado. Raro, sí, pero buena onda. No me terminaban de convencer. “¿Y cómo saben que no es topo”, les decía, “enviado por la CIA? ¿Un yanqui que estudia al marxismo? ¿Te parece normal eso?” “Toma mate”, me respondían, como si el mate garantizara algún compromiso político con la izquierda, como si un infiltrado no fuera capaz de ingerir una infusión autóctona. “No se engañen, chicos”, les decía. “Se llama apropiación cultural, la última etapa del imperialismo”.


No cursamos juntos hasta el tercer año. Griego. Se ve que los dos lo postergamos hasta el último momento. La catedra tenía mala fama, medio reaccionarios, se decía, Opus Dei o algo así. Añoraban los viejos tiempos, de los filósofos reyes, de la república de las letras, cuando los poetas eran aún los verdaderos legisladores del mundo. El pueblo, se supone, era más dócil en aquellos tiempos de antaño, más dispuesto a hacerle caso a los doctos, los catedráticos. 


En los teóricos, el yanqui exaltado ya no se sentaba tan adelante sino más hacia el medio de la sala, donde, medio camuflado, no estorbaba tanto cuando tomaba apuntes. ¡Un alivio para mí! ¿Yo? Hacia atrás, como siempre, penúltima fila, bien cerca a la puerta. Me sentaba con la Coty, también de Berisso. Ella cebaba los mates, unos mates muy ricos, la temperatura perfecta, con su termo de siempre, de tamaño normal, discreto.


La profe tenía algo contra él. Eso sí. Lo miraba constantemente. De soslayo. Le dirigía todas las preguntas más difíciles. A veces contestaba bien. Cuando no, lo exponía, frente a todos los compañeros. Era incómodo. Incluso para mí, que no le tenía mucha simpatía.


La profe le decía el marxista o, más bien, “mi contrincante marxista”. “A ver qué dice mi contrincante marxista”. Cosas así. Parecía un chiste, pero no lo era. Le tenía bronca en serio, quizá por eso de ser yanqui y marxista, dos cosas que no van juntas, un adjetivo que no concuerda con el sustantivo, un verbo mal conjugado, algo excedente, algo que estorba y fastidia, algo que habría que corregir, sí o sí. Si la profe era una de esas personas que idolatran a Estados Unidos y demonizan al marxismo, que es lo más probable, la mera existencia de nuestro compañero nervioso representaba un problema teórico, tesis y antítesis a la vez, lo cual tenía muchísimo sentido para un hegeliano, pero claramente no para alguien tan hostil a la dialéctica como la profe.


Todavía me acuerdo del día que vimos el futuro perfecto. En cada clase se introducía un tiempo verbal nuevo y unas cuantas construcciones sintácticas más. La profe iba a las chapas. Costaba seguirle el ritmo. ¡Y cuánto más hacia el final de la cursada! Nos tenía cansados, medio desmoralizados.


Había algo de mala fe ahí. Todos sabíamos que la profe había estudiado con el viejo plan de estudios, cuando todavía había dos años obligatorios de griego. Se reducía a un año con el nuevo plan, pero no sacaban nada de contenido, cero, lo cual implica que ahora tenemos dos años de contenido en el espacio de un año. Lo típico. De ahí, la sacadez generalizada de la cursada. Y, cuando decíamos algo, la profe nos echaba la culpa a nosotros, como si el problema fuéramos nosotros, como si no estuviéramos esforzándonos lo suficiente. Cualquier muestra de impaciencia de nuestra parte la impacientaba. Así, nos embolábamos todos, tanto ella como nosotros.


Así que el día del futuro perfecto había ya cierta tensión en el aire. Además, era un día muy húmedo, de esos que lo sentís hasta en los huesos. El aire pesaba. El viejo yunque del cielo platense que todo aplasta, que hace que todo sea más lento, como bajo el agua o hundido en el lodo del río o algo así. Nadie entendía lo del futuro perfecto, ni la forma ni el contenido. La profe terminó de escribir en el pizarrón. Dio por cerrado el tema. Se dio vuelta y empezó con otra construcción gramatical. Ya nadie la seguía. En algún momento paró de hablar. Nos miró, emanando irritación como el aura de la obra de arte antes de la época de su reproductibilidad técnica. “¿Ahora qué?” Silencio. “A ver”. Silencio, miradas evasivas, caras desmoralizadas.


No sé cuánto tiempo duró ese silencio incómodo. La humedad hacía que fuera difícil calcular el tiempo. Pero en algún momento Euge le contestó a la profe, exasperada. “¿Realmente hace falta saber la totalidad de la gramática griega para un curso introductorio?” Siendo platense y la profesora también, Euge tenía cierto margen para decir cosas que, por ahí, los demás no podíamos decirle o por lo menos no de una manera tan cándida. La profe se enojó igual.


“Lo que pasa…” interrumpió la oración a medio camino para efecto dramático antes de seguir, “es que ustedes no quieren esforzarse”. Todos sabíamos lo que venía después. Era su slogan. Lo sabíamos de memoria. “La letra con sangre entra. Cuántas veces lo tengo que decir”.


Hasta ahí, todo bien. No bien, pero no tan violento. De repente la cara de la profe se desfiguró. Mordió los labios, bajó la cabeza, se desfrunció la frente con la mano. “Veo, por las muecas, que a alguien no le gusta lo que digo”. Cuando se incorporó, su tono era ya diferente. “Me parece que mi contrincante marxista quiere decir algo”.  


Otro silencio incómodo, tan pesado como el aire. El yanqui inquieto se paró. Después se sentó de nuevo. Se movía en la silla, contorsionándose. “¿A ver?” le dijo la profe, desafiante.


The Boy with Many Houses (1968), por Inger Sandberg y Lasse Sandberg
The Boy with Many Houses (1968), por Inger Sandberg y Lasse Sandberg

“Es que tengo un método, el método guía T”.


“Claro, no seguís los métodos convencionales, los que funcionan, como saben lo que sabemos, sino que andás inventando métodos nuevos”.


“Por lo menos no requiere nada de sangre”. Al parecer, esperaba una reacción de la profe. No hubo. Prosiguió. “Trabajo en Capital varios días en la semana. Voy en el tren, y de Constitución ando por toda la ciudad con la guía T bajo el brazo, como si fuera una biblia, o un manual de estilo. Hablo con la gente. Del tiempo, el deporte, la política, los programas de televisión, los libros, la radio, lo que sea. A veces, después del trabajo, me meto un en bar o un café. Tomo una cerveza. Hablo con la gente. Leo fotocopias. La verdad, bastante placentero todo el proceso de aprender el castellano”. Por la primera vez desde el curso de ingreso, lo veía sosegado al yanqui tremulante.


“Pará. ¿Quién dijo que hablás español?” Más que una pregunta retórica, era un cachetazo.


“¿Me estás entendiendo o no me estás entendiendo?” le replicó, ya definitivamente desosegado.


“Hacerse entender rudimentariamente no es hablar un idioma”, sentenció la profe.


Era el fin de la discusión. Ella era una autoridad en lenguas y le estaba dando una devolución. Demoledora, sí, pero una devolución, que, guste o no, le correspondía por su oficio. Podría haber terminado ahí el intercambio verbal, una esgrima conversacional entre profe y alumno, feo pero justificable. Pero no.


La profe empezó a imitarlo, su manera de hablar, como tartamudeando, por más que el yanqui zurdo no tartamudeaba. Hablaba algo raro sí, pero cada vez menos. Algunos sonidos no le salían del todo bien, pero lo normal para un hablante no nativo. De todos modos, se le entendía, eso sí. A la profesora ya no le interesaba darle una devolución, quería ridiculizarlo. Y funcionó.


Recomponiéndose, la profe dijo, “Ahora que perdí el hilo, hagamos un recreo de diez minutos”, como si fuera la culpa de su contrincante.


Como le faltaba aire al aula, todos empezamos a salir al pasillo. El yanqui no. Noté, antes de llegar a la puerta, que fue a hablar con la profesora. Vi que le decía algo tajante, por lo gestual, pero no llegué a distinguir las palabras.


Fue la última vez que nuestro compañero extranjero apareció en los teóricos. Le pidió los apuntes a Coty, que estaba en la misma comisión de prácticos. Me pareció que ella lo hacía por pena, lo cual me hacía ruido. No cabía ninguna duda de que la profe lo había ridiculizado frente a todos, pero sufrir un maltrato no te da la razón ni te hace una buena persona. Además, en la carrera todos sufrimos arbitrariedades todo el tiempo.


“No es por pena”, me dijo la Coty.


“¿Entonces?”


“Es aplicado. Conjuga bien”.


“¿Conjuga bien? ¿Te estás escuchando?”


“Es que saca buenas notas”.


“¿Mejor que vos?”


“Tenemos los dos promedios más altos de nuestra comisión”.


Empecé a entender.


“Tenemos un arreglo”, siguió la Coty. “Le doy los apuntes de los teóricos y él me da sus resúmenes de los textos de la bibliografía para el final”.


Eso me cerraba más.


Después de la cursada, ya en el verano, cuando preparábamos el final, Coty compartía los resúmenes conmigo. Bastante completos. Tenían algunos errores de concordancia, una sintaxis desmesurada, y una selección léxica poco convencional, pero nos servían. Lo importante estaba: todos los conceptos claves bien definidos, la estructura argumentativa reconstruida, algunas grillas y gráficos. Había en las hojas, además, anotaciones los márgenes, flechas, dibujitos, poemas sin terminar, esbozos de manifiestos, palabras en idiomas que desconocía, ni español ni inglés. Me daba la sensación, después de leer los resúmenes varias veces, de que lo conocía un poco más, de que lo entendía un poco mejor, como si sus trastornos fueran menos arbitrarios, menos ofensivos.


Rendimos los tres en marzo, primera mesa después de las vacaciones. Como es de esperar, Coty se sacó un diez. Lo mío fue un poco menos previsible. La profe me subió la nota. Me había sacado un seis en la cursada, lo cual me parecía más o menos bien. Detestaba el griego, estudiaba así no más, y ni me fijaba tanto en eso de las notas. Me puse contento, sin embargo, cuando, al salir del aula, abrí la libreta y vi que me puso un ocho como nota final.


El yanqui, aún más nervioso de lo normal, entró al aula justo cuando yo salía. “Suerte”, le dije al cruzar el umbral. Con Coty, quedamos un rato en el pasillo, los dos contentos, casi levitando, con esa sensación de liviandad corporal que solo experimentás después de rendir un final.


Al toque salió el yanqui, desinflado, cabizbajo, libreta en la mano. “Me puso un cinco”, dijo, a nadie en particular. “Ni bien me senté y me preguntó si le había preparado un tema marxista. Así arrancamos”. Con Coty nos acercamos.


“Una cagada, pero por lo menos no te puso un dos. Te juro que pensé que te iba a desaprobar, después de todo lo de la guía T”. Coty siempre sabía qué decir en momentos incómodos.


“Por ahí valió la pena entonces”, dijo con una sonrisa forzada.


“¿Por qué no venís con nosotros? Pasamos a buscar unas birras en la esquina y vamos a la plaza”. Me salió del alma.


Coty me miró con los ojos grandes, las cejas alzadas.


“Dale”, dijo, ya un poco menos apagado.


“Además, hay algo que, hace rato, te quiero preguntar, algo sobre la CIA.”


“Todo lo que quieras, siempre y cuando no sea como contrincante…” Sonrió.


Como no teníamos envase, tomamos las cervezas de a una, yendo y viniendo de la glorieta al kiosko. Nos quedamos hasta tarde. Hablamos de todo, todo menos griego, como si fuéramos viejos amigos. La verdad es que nunca pensé que iba a estar tomando una birra en la glorieta de San Martín con un compañero yanqui, medio loquillo, nunca pensé que lo iba a invitar, medio en pedo ya, a mi cumple, el primero de muchos, pero, bueno, pintó.



A Thousand Lights and Fireflies (1965), escrito por Alvin Tresselt y illustrado por John Moodie
A Thousand Lights and Fireflies (1965), escrito por Alvin Tresselt y illustrado por John Moodie

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