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El Aparecido (Plaza España, 7 y 66)

  • Writer: The DIY Scholar
    The DIY Scholar
  • Jul 10
  • 6 min read

El librero, Samba, lo quería como un hijo.


Pasaban horas juntos, hablando de libros, cada uno en su propio idioma, malentendiéndose, cada uno interpretando lo que quería, lo que le convenía.


Nadie se sorprendió cuando empezó a trabajar en la feria. Cuidaba los libros cuando Samba iba a capital a ver sus contactos en las editoriales y el puerto. Al principio, un par de veces por semana nomás. Pero, poco a poco, empezó a trabajar todos los días, incluso cuando Samba no iba a capital. Formaban una santa trinidad callejera: el padre con barba blanca; el hijo con ganas de inmolarse; y los libros, pedazos de alma que juntos formaban una sola alma, el espíritu santo de la palabra escrita.


Samba me encargó pasar a buscarlo todas las mañanas por Plaza España, a la vuelta del depósito de libros. Me esperaba con las cajas de libros, vestido siempre igual, en su uniforme, camisa a botones, pantalones largos, zapatos de vestir, chalequito, y boina cuadrille, sin importar el tiempo que hiciera. Ni los calores de febrero podían hacerle cambiar su look de intelectual de otra época.


Se sentaba adelante, al lado mío, ya que las cajas ocupaban el asiento de atrás. Casi no conversábamos. Él no hablaba bien el idioma. Costaba entenderle, y yo no tenía la energía de hacer el esfuerzo. Él tampoco, me parece. Estaba contento de cebar los mates, tan parte de su rutina como su uniforme. Bajo el brazo, tenía un termo uruguayo, grandote. En mano, un mate uruguayo, un porongo. Tomaba yerba Canarias, paquete amarillo, escudo verde, sin palitos, hoja triturada, miles de pedacitos de hoja, todos del mismo tamaño, todos igualitos, muy controladito todo. Antes de cebar un mate, revolvía la bombilla energéticamente para compactar la pared de yerba en el otro costado del mate, y hacerle un lugar para el agua, siempre la temperatura exacta. No me gustaba mucho el mate así, así de controlado, cebado tan rígidamente, pero, camino a la feria, lo tomaba igual. A esa hora de la mañana cualquier mate viene bien.


Fuente: City in the Summer (1969), Eleanor Schick
Fuente: City in the Summer (1969), Eleanor Schick

Samba lo presentaba a todos, los clientes, los otros puesteros, y nosotros, los tacheros. Por respeto al Samba, que tanto queríamos, aceptamos al Príncipe. Así lo llamábamos, por el tratamiento preferencial que recibía, no sólo de Samba, sino también de la persona más importante de la feria, el Rengo.


El Rengo manejaba todo, toda la esquina de 7 y 48, la parada de taxis y la feria abajo el techo del edificio de la facultad de humanidades. Había un rectángulo de cimiento, de unos cincuenta metros cuadrados, entre la vereda y la entrada del edificio, bajo el techito. Es ahí donde se armaba la feria. Como era parte de la universidad nacional, la policía local no podía entrar. La feria caía fuera de su jurisdicción. Tenía que ser la policía federal, que solo aparecía de vez en cuando, dos veces por mes, para ser exacto. Pasaban para hablar con el Rengo, el más antiguo, el fundador de la feria, muy amigo de Samba. Era el Rengo quien tenía el arreglo con ellos. Nosotros, por nuestra parte, arreglábamos con el Rengo.


Costaba conseguir un lugar en la esquina. Y, una vez conseguido, costaba conservarlo. Había una larga lista de feriantes esperando la oportunidad para vender sus productos, DVD truchos o MP3 o medias o pilas, o lo que fuera. No faltaba quien intentara serrucharte el piso, quedarse con tu puesto. Amigarse con Samba te convenía. Era una manera de acceder al Rengo, siempre sentado atrás, en las sombras, fuera del alcance de los mortales.


Bajo la protección de Samba y, por extensión, del Rengo, el Príncipe circulaba libremente, cebando mates, hablando de libros. Nadie se preguntaba qué hacía vendiendo libros en un idioma que apenas hablaba. Yo, sí. No dudaba de su conocimiento del asunto, el asunto de los libros, sino de su capacidad de comunicarlo a los demás, a los clientes, por ejemplo.


Cuando no había ventas, leía algún que otro libro del puesto, no más que un par de páginas a la vez, por el esfuerzo que requería, supongo, comprender un texto en un idioma desconocido. Anotaba palabras en un cuaderno. Así, aprendía algunas expresiones claves, leyendo y anotando, o hablando con los clientes, haciéndose entender, de la forma que fuera, a los ponchazos.


El acento no te decía nada, ninguna pista inequívoca que indicara de donde venía. El aspecto físico tampoco ayudaba. Tez oliva. Nariz prominente, llamativa. Pelo ondulado, como queriendo ser rulos, pero quedándose a mitad del camino. Flaquito, muy, con un nerviosismo desbordante, resultado, quizá, del consumo excesivo del mate, unos cuántos termos por día, al aparecer.


Para mí, era rumano, suabo, macedonio, croata, o algo así, pero era imposible verificarlo. Si le preguntabas por su país de origen, no te contestaba. Hacía que no te entendía. Inventaba otra pregunta, una que le convenía más, una que le quedaba más cómoda, y la contestaba en lugar de la pregunta que le habías hecho, la original. Lo hacía todo el tiempo. Incluso con las preguntas más directas. “Che, ¿cuántos años tenés?” “Tres, tres hermanos tengo, soy el de medio. ¿Viste lo que dicen de los del medio? Bueno, es verdad…” Y se iba por las ramas, rumbo a andar saber dónde, sin dejarte la oportunidad de enderezar la charla.


No hablaba jamás de su pasado. Era como si no tuviera pasado, solo un presente platense, un presente eterno de libros. Apareció de un día al otro, mal dormido, recién llegado a nuestro presente, de su pasado innombrable. Compró un libro. Pegó buena onda con el Samba. Hablaron un rato largo, algo de movimientos revolucionarios, como si no hubiera pasado todo lo que pasó. Después vino el día siguiente y el otro y así sucesivamente. Hasta que se convirtió en un ritual. Unos mates con Samba a media mañana entre los comentarios interminables sobre algún que otro libro del puesto.  


Fuente: City in the Summer (1969), Eleanor Schick
Fuente: City in the Summer (1969), Eleanor Schick

A Samba se lo veía muy contento, como si, por la primera vez en muchos años, tuviera una familia, algo que se parecía a una familia, como si no hubiera perdido la suya, en los largos años de exilio, después de todo lo de las catacumbas y las personas que de ahí no habían vuelto, los suyos.


Lo bueno no dura para siempre: el príncipe estuvo poco más que un año en la esquina con nosotros, hasta que pasó lo inesperado, lo impensable, todo lo de Samba, el accidente.


El día después del entierro, la única vez en la historia de la esquina que no hubo feria, vino el Príncipe a hablar con el Rengo. Estuvieron un rato largo ahí en las sombras. Suponíamos que la charla tenía que ver con el puesto, con la cuestión de quién iba a ocupar el lugar que había dejado Samba. Todo bien con el Príncipe, pero había mucha gente esperando hace mucho tiempo, gente de acá, gente con trayectoria, historia, renombre. Se abrazaron. Fue la primera vez que vi el Rengo abrazar a alguien. Más que despido, fue un abrazo de despedida. El Príncipe se fue y no volvió por un tiempo.


Delia, veterana de la feria de Plaza Italia, se había quedado con el puesto, lo cual tenía sentido, dada su antigüedad, su importancia histórica en la subcultura de los feriantes. Al mediodía, Delia le dejaba un lugarcito del puesto al Pelado Toni, muy querido por todos, para que vendiera sus panes rellenos a los estudiantes. Un gran gesto, que confirmaba que el Rengo había acertado en su decisión.


No fue hasta el año siguiente, en febrero, mes de los cursos de ingreso, durante un pico de ventas memorable, que el Príncipe empezó a aparecer de nuevo. Supe, por los demás, que se había anotado en la Facultad de Humanidades para estudiar los libros. Se ve que quería seguir con sus comentarios interminables, la charla sin fin que había comenzado con Samba.


De vez en cuando bajaba a la vereda, entre cursadas, para tomar unos mates y saludar al Rengo, ahí en las sombras, su recinto. Se vestía igual que antes, igual de ridículo, pero ya no llamaba tanto la atención. Por más que no quisiera hablar de sus vidas anteriores, su presente platense empezó a tener, guste o no, su propio pasado, un pasado que compartía con nosotros. Ya era uno más, un personaje más, una anomalía más, parte de la historia de la esquina, parte del encanto.




Fuente: Hattie and the Wild Waves (1990), Barbara Cooney
Fuente: Hattie and the Wild Waves (1990), Barbara Cooney

 

 

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