Tierra Firme (Parque Saavedra)
- The DIY Scholar

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Por fin lo encontré. No fue fácil. Fueron varios años. De tanteo. De búsqueda. Ensayo y error. Más error que ensayo, diría. Y una larga travesía, más picaresca que pintoresca. Pero aquí estoy. En el banco del Parque Saavedra, del lado del viejo jardín botánico, bajo un fresno gigante, al lado de la estatua a la que le falta un brazo, manchada de moho.
Llegué anoche. Berenice fue a buscarme. A eso de las tres de la mañana. Llovía. No así no más, a medias, sino con toda la furia. Gotas gordas que se estallaban contra los adoquines, contra el techo de chapa de la terminal, un tamboreo, un martilleo metálico, del tipo que paradójicamente no te despierta, sino que te adormece, que te conduce a un estado liminal, ni el sueño ni la vigilia, como quien acaba de llegar de un viaje a larga distancia en micro sin dormir más que un par de horas.

Tomamos un taxi en la esquina. Miraba por la ventana, las gotas que temblaba en el vidro y, más allá, la ciudad, empapada, amarillenta, vieja y a la vez totalmente nueva, desconocida, por lo menos para mí. Había algo, sin embargo, que creía reconocer, un color, quizá, un color atrás de todos los otros colores, o un sonido, sí, un sonido debajo de todos los otros sonidos, debajo de todo, como un tren en la distancia, muy lejos, un desgarro.
El taxi dobló en todas las esquinas, sin excepción, en ángulos muy sorprendentes. Me dio la sensación, después de unas cuadras, de que, en realidad, no nos acercábamos a nuestro destino, a la casa de Bere, a los monoblocs, sino que nos alejábamos. Es más, me convencí de que, en cualquier momento, íbamos a llegar al punto de partida, la puerta de la terminal, que me iban a hacer subir de vuelta el micro, emprender el viaje de vuelta, un viaje imposible, una muerte segura. Pasamos una plaza que, según mi entender, era la misma que ya habíamos pasado, allá atrás, hace unas cuadras, unos minutos no más. No entendía por qué Bere no decía nada al chofer. Seguíamos como si nada.
Se me fue el sueño de los últimos días, la travesía, y los últimos años, la huida. Pasé del estado liminal a un estado de alerta. La lluvia ya no adormecía, sino que estorbaba. Cada gota era un grito, una nota en una sinfonía de bebés llorando o animales heridos, más cacofonía que otra cosa. Me enderecé. Empecé a moverme en al asiento. ¿A dónde me estaban llevando? ¿Cuánto sabía Bere? Normalmente administro la información muy cuidadosamente, de mis vidas pasadas, de La Escapada, de las condiciones de mi llegada, de mis motivos, pero, por ahí, me había descuidado, sin querer. Quizá en un momento de exaltación había dicho demás.
Casi no había otros autos en la calle. El taxi ya no paraba en las esquinas. Íbamos cada vez más rápido. Se me cerraba el pecho. Me transpiraban las manos. Me preparé para salir del auto, salir corriendo, en el próximo semáforo, si hacía falta.
El chirrido de los frenos del auto interrumpió el pensamiento. “Me pasé,” declaró el taxista. Dimos marcha atrás unos metros. Los monoblocs se asomaban en la ventana. Habíamos llegado.
Pagó Bere. “Mañana cambio plata y te doy,” le aseguré. Al pasar de los adoquines a la vereda pisé una baldosa floja. El chorro de agua mezclado con barro me salpicó la pierna. Fue mi primera pisada en tierras platenses, en tierra firme, aunque no tanto.

Subimos la escalera en la oscuridad hasta el último piso. La puerta del departamento de Bere se abrió al living. Estaba hundido en la oscuridad, salvo una luz amarilla, tenue, que se filtraba entre las cortinas de la ventana. Bere tardó unos segundos antes de prender la luz. Y, una vez prendida la lamparita que colgaba del techo del living, entendí por qué Bere no había dicho nada en el taxi. Estaba muerta de sueño, pobre. “Me voy al sobre,” declaró desapasionadamente, como quien lee una ponencia en una conferencia académica.
Apagué las luces y caminé hasta la ventana. En el espacio entre los monoblocs había una especie de patio interior, con varios árboles, unos caminos entrecruzados, un par de bancos. Ya no había más ráfagas de viento. Seguía lloviendo, pero normal, metódicamente, sin tanta rabia. Me quedé ahí un buen rato, en la ventana, escrudiñando el paisaje, tan metódico como la llovizna. Tenía miedo de que se me escapara algún detalle importante, el indicio que confirmara mis sospechas. Por suerte, no había nada, nadie, ningún peligro, por el momento.
Me senté al borde del colchón que Bere me había dejado en el piso. Saqué mi cuaderno de la mochila y escribí una sola palabra. Guardé el cuaderno y me acosté. Las cortinas se movían ligeramente, como algas en el fondo del mar. Sentí el cuerpo muy pesado y al mismo tiempo ligero, como si flotara. Me bajó todo el cansancio del viaje, en ondas, que me llevaban cada vez más lejos de la orilla, mar adentro.
Hoy a la mañana, cuando me desperté, Bere ya se había ido a trabajar. Había dejado, en la mesa de la cocina, un mapa con instrucciones de cómo llegar a calle siete, a los arbolitos. Habíamos quedado en que yo iba a cambiar plata antes de pasar a buscarla por el ministerio para almorzar juntos. Quería llevarme a Bambuc que, según decía, era muy de mi palo.
Pero, antes, necesitaba tomar unos mates. Llené la pava con agua de la canilla, agarré un fósforo de una caja que estaba sobre la mesada y prendí la hornalla. Me llamó mucho la atención la imagen de tapa de la cajita de fósforos. Agua celeste con un ancla blanca grande hundiéndose en el fondo del mar. Traté de imaginar cómo sería llegar a un puerto seguro, echar ancla, fondear, descansar un rato de todo lo otro, los cambios de vientos, los golpes en la proa, el mareo.
Parado, junto a la ventana, medio escondido atrás de cortinas, me cebé unos cuantos mates, la pava entera en realidad, hasta que no había más que palitos flotando en el agua cebada. Repetí el ritual de la noche anterior, el de escanear el paisaje para detectar irregularidades, peligros potenciales. Todavía nada. Una buena señal.
Se había despejado. Casi no había nubes en el cielo, unas pocas no más, muy altas y lentas, despreocupadas. Entre los monoblocs vislumbré, del otro lado de una avenida, un parque con muchos árboles. Consulté el mapa de Bere para ver si figuraba. No estaba. Calle siete, al parecer, quedaba para el otro lado. Necesitaba pensar, escribir unas cuantas palabras en mi cuaderno, perfeccionar el plan. El parque me pareció un lugar propicio, discreto, seguro. Decidí bajar, a ver qué onda, antes de todo lo de la calle siete, los arbolitos.
En la vereda, había charcos en todos lados, charcos profundos, imposibles de atravesar sin barco, tantos que no podía caminar en línea directa al parque sino más bien zigzagueando. El camino de entrada me llevó a unos bancos que daban a una laguna. Me costaba entender por qué Bere no me había dicho nada. ¡Un lugar así de genial tan cerca a su casa! Bordeé la laguna hasta llegar a una glorieta, que era linda, sin duda, pero me sentí muy expuesto, así que seguí camino hasta toparme con una cerca grande y alta, con muchos árboles del otro lado. Me dispuse a buscar un lugar piola para sentarme y escribir cuando lo vi, el espacio entre las rejas, abierto lo suficiente para pasar al otro lado, a la sombra. Ni lo dudé. Pasé al otro lado.

Había unos fresnos ancianos, muy altos. Me sentí en casa, con ganas de quedarme un buen rato, de echar ancla. No lo había visto al principio, el banco, porque estaba mirando para arriba, los copos y todos los pájaros desconocidos ahí escondidos, futuros amigos o, por los menos, eso esperaba.
Me senté aquí, en el banco, y reconocí inmediatamente que sí. Por fin lo había encontrado. Después de tantos años de búsqueda. El lugar indicado. Para llevar al cabo el plan, tan bien diseñado, tras tantos años de sacrificio, de travesías. Para empezar una vida nueva, dedicado al tema, el Tema Innombrable, motivo de mi destierro.
No me van a alcanzar aquí. Lo logré. Me escapé de todo aquello, aquella ciudad, aquel país, aquella gente, tan mal intencionada, mi familia. Hacía años que estaban complotando para asesinarme, mis padres. No es que lo fueran a hacer ellos mismos. ¿Ensuciar sus manos tan pulcras? No, no hace falta. Sus organizaciones, dedicadas a la contrarrevolución y la evangelización respectivamente, tenían los recursos suficientes, en inteligencia, plata, armas, francotiradores. Venía zafando. Algunas veces casi lo logran. Pero ahora ya no. Aquí no.





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