Punk Platense (17 y 71, Playón de la Estación Provincial)
- The DIY Scholar

- 2 days ago
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Al principio pensé que era un chiste, todo lo de la banda. Siempre jodía con que quería empezar una banda, con que quería que empezáramos una banda platense. No una banda cualquiera. Punk platense. Lo decía así. Siempre juntas las dos palabras, como si fuera imposible separarlas, como si no pudiera resistir la tentación de la aliteración.
Decía que quería “aportar algo al género” y “formar parte del movimiento”, como si tuviera una gran tradición ya, como si existiera, ahí en el mundo empírico, fuera de su cabeza. Citaba las bandas más conocidas, las más queridas, como Fun People y Eterna Inocencia. “Si ni siquiera son de La Plata”, le dije. No se inmutó. “No hace falta ser de La Plata para devenir punk platense”, sentenció. ¿Devenir? Listo.
Tenía toda una explicación. Quería que la escuchara. Algo sobre el punk platense como una actitud. No tiene tanto que ver, decía, con el lugar físico. La Plata, razonaba, es un lugar propicio pero no excluyente. Tiene la virtud de nuclear a la gente y a las ideas políticas y estéticas. Muchos pueblos, admitía, tienen sus propias bandas, pero todos, tarde o temprano, pasan por La Plata. Vienen porque hay movida. Recitales. Antros. Estudios de grabación. Jóvenes que tocan música. Jóvenes que escriben. Jóvenes que producen cultura. Y el punk platense es eso. Ganas de producir cultura. Y no una cultura cualquiera. No algo que consumimos pasivamente. Sino algo que hacemos nosotros. Algo que refleja lo que vivimos. Nuestras inquietudes, nuestras necesidades, nuestras sensibilidades, nuestros deseos. No necesitamos que alguien venga de afuera para decirnos qué pensar ni cómo sentir. Decidamos nosotros mismos. Produzcamos cultura que exprese nuestra experiencia. Y si no existe, lo vamos a construir. Si no hay lugar, vamos a hacerle un lugar. Se trata de eso el punk platense. Un acto de voluntad. Una insistencia.
“Todo un manifiesto”. Se lo decía en joda. No se dio cuenta. Se puso contento, orgulloso, como si lo estuviera felicitando. Se me ocurrió seguir jodiéndolo. Para no aburrirme tanto. Ya se estaba poniendo medio pesado. “Y por qué no el rocanrol?” Por lo menos el rock platense sí existía.
Ahí saltó. Recién había tomado un trago de cerveza. Lo escupió. Tosió. “¿Quiiiiii?” Lo decía así, que una “i” en vez de la “e”.
“¿Qué? ¿No te gusta el rock platense?” Me tenté, pero logré contener la risa.
“El rock no es contracultura. Es mainstream. Hasta Capusotto lo sabe”. Había pisado el palito.
“¿Ni siquiera Spinetta?” Ahora, sí, lo tenía arrinconado. Por lo del taller literario. Como éramos nosotros los coordinadores, llegamos primeros a la Estación Provincial, un poco antes que los demás. Para ordenar la sala. Ahí en el altillo. Subiendo por la escalera caracol. Siempre ponía Spinetta. Como parte de la ambientación. Sabía la letra de memoria, lo cual llamaba la atención, siendo extranjero, que llevaba no más que un par de añitos hablando castellano. Además, se emocionaba, cantando bajito mientras corría las mesas, desafinado, pronunciando mal la mitad de las palabras. Le llegaba. Se le veía en la cara. La verdad es me causaba ternura, y eso que era alguien que normalmente tenía una gran capacidad de irritarme, por todos sus excesos, por la verborragia y toda la energía derrochada.
“El Flaco expresó su momento, que es muy diferente de lo que estamos viviendo nosotros. Ahora nos toca a nosotros. No como consumidores, ni siquiera de Spinelli, que hace rato se convirtió en una mercancía, sino como productores”. Deformaba los nombres de todos próceres del rock nacional. Jerry García, decía. Freddy Paez. Spinelli. Calamardo. Cosas así. Lo hacía a propósito. Para bardear. Para provocar. Y funcionaba.

“¡Pará! ¿Vos te estás comparando con Spinetta?”. Me costó no levantar la voz.
“No yo personalmente. Nosotros. ¿Viste? Ahí está el problema. El rocanrol es individualista. El sujeto de la transgresión es un individuo, una especie de rey, que lleva toda la gloria y, obviamente, toda la plata. No hay estrellas de rock en el punk platense. Hay un movimiento, que es un sujeto colectivo, el ‘nosotros’ platense”.
Ahora me tocó a mí escupir cerveza. Un yanqui que se pensaba platense. El colmo. “¿El ‘nosotros’ platense? ¡Llegaste hace un par de meses no más! ¿Quién sos? ¿Luca Prodan?”.
“Ya te dije. No soy yo, papu. Es el movimiento. Es la actitud, un ethos. Aporto lo que puedo, mi grano de arena. Lo de la banda, por ejemplo”. Me miró fijo, implacable. “¿Qué decís? ¿Te copás o no?”.
“¡Si ni siquiera toco un instrumento!”.
“¿Qué importa? ¡Yo tampoco! La música es lo de menos”.
Agarró el envase para servirnos más cerveza. Estaba vacío. “Ya vuelvo”. Se levantó y se fue a la barra para buscar otra botella. Menos mal. Yo necesitaba un respiro. Tanta intensidad abruma.

Cada vez que nos juntamos en la barra de la Estación Provincial, después del taller literario, me dice lo mismo. Todo lo de la banda. La idea salió del taller. Empezó ahí.
Militamos juntos, ahí en la facu, y en las asambleas hablamos de la educación popular. En una de las reuniones propuso organizar un taller, abierto al público general, para producir un fanzine. Cada uno de los integrantes estaría a cargo de una sección del fanzine. Poemas. Reseñas de libros, discos, y recitales. Comentario político. Ensayo. Polémicas. Entrevistas. Ficción. Dibujos. El formato dependería de las disposiciones del grupo. Se produciría, a lo largo del taller, de manera artesanal, un ejemplar de un fanzine para distribuir en la facu y las librerías independientes y los recitales de música under. Me copó la idea. Formamos una subcomisión. Fuimos a hablar con Franco, encargado de los talleres de la Estación Provincial, que se re copó también. Nos dio el altillo gratis, que antes se usaba como depósito. Ahí arrancó todo.
Se estableció, de entrada, la tradición de tomar una birra, nosotros dos, después del taller, ahí mismo en el bar de la Estación, siempre la misma mesa, junto a la ventana, con los adoquines del playón, ahí abajo, reflejando la luz amarilla de las farolas. Cada jueves, a la misma hora, cerveza destapada, él sacaba el tema.
Decía que conocía un batero, un tal Mendi. Vivían juntos. Ahí en Mondongo. Tenían, en la casa, una sala de ensayo, con aislamiento acústico, obra de Mendi, jazzista, quien, encerrado, ensayaba varias horas por día sus paramutaciones y paradiddles o lo que sea.
Años atrás, en Mar del Plata, su ciudad, Mendi había ido a un recital de Los Crudos, una banda de punk latino, de Chicago, que estaba de gira en Sudamérica. Lo marcó, no solo la banda, su crudeza, sino también una conversión muy larga que tuvo con Martín, el cantante, quien lo alentó a empezar una banda de punk marplatense, medio adoctrinándolo. Desde entonces, semilla plantada, Mendi no podía sacar de su cabeza la idea de algún día tocar en una banda de punk, por más que su pasión verdadera fuera el bebop. Como un proyectito aparte.
“No es poca cosa”, me decía. “Lo más difícil es conseguir un buen batero. Ya lo tenemos”.
Además, quería que yo hablara con Cata, de Gonnet, marxista, multi-instrumentalista, amiga mía, compañera nuestra de la comisión de filo y letras. Había ido al conservatorio. Tocaba piano, guitara, cello, acordeón, y unos cuantos instrumentos más. “La Cata hace los arreglos en guitarra y te dice qué tocar, los mismos acordes, en bajo. Yo canto. Bueno, grito. Y Mendi hace que todo explote con la bata. Canciones de tres acordes. No más de cuatro. Fáciles de fabricar. Es la fórmula perfecta”. Ese era su plan. “Si no”, decía, “yo toco el bajo y vos cantás. ¿Sabés pudrir la voz?”.
Tenía un cuaderno que llevaba a todas partes. En algún momento, después de un par de vasos, lo sacaba de la mochila. “Mirá lo que tengo acá”.
“¿Algo para el taller?”.
“No, para la banda”. Tenía una sección del cuaderno dedicada exclusivamente a nombres posibles de la banda, nuestra banda imaginaria. Las Baldosas Flojas. Tatuaje Fallido. Arte Inmundo. Cuatro de Copas. Ripio. Nací con Ojeras. Pato Afónico. Bicicleta Sin Asiento. Fake Injury. Cosas por el estilo. “Yo te leo los nombres uno por uno y vos me decís si va o no va”. Le decía que no a todos. Con todos los recursos de Teoría Literaria I, que cursamos juntos, no era difícil fundamentar mis críticas. No se desanimaba. “Sigo pensando. Hago una lista nueva para la semana que viene”.
El cuaderno tenía, además, otra sección, donde escribía la letra de las canciones, también imaginarias. Tres líneas verticales dividían las hojas en columnas. La primera columna, hasta la línea del medio, representaba cuatro compases; la segunda columna, otros cuatro compases; así, un reglón contaba con ocho tiempos que, componía, aproximadamente un verso octosílabo. Un reglón en blanco marcaba el final de la estrofa.
Un lío, las hojas. Estaban todas marcadas, sobrecargadas. Había tantas palabras tachadas en tantos idiomas diferentes, tantas flechas, tanta acumulación léxica, tantos nudos semánticos, que ni siquiera daba para leerlo en voz alta. Por más que quisiera, no podía. Así zafaba yo, que solo quería tomar mi cerveza en paz, sin tantos estorbos.
Tenía la teoría de que todo lo de la banda, para él, era una excusa. Lo que realmente le interesaba era escribir un fanzine. Había ingeniado lo de los recitales y las giras para tener un público que nos leyera. Tenía el complejo de un escritor en una contracultura que se organiza alrededor de la música. Como si nada de lo que él hacía fuera suficiente. Como si fuera necesario, además de escribir, tocar en una banda.
No me parecía. Yo defendía el fanzine. Recién habíamos sacado el primer ejemplar. Todos re contentos, los integrantes del taller. Había quedado genial así, cosido a mano, estampado con sellos caseros, re artesanal todo, muy especial. Y los textos, ni hablar. Todo el trabajo de edición, al final, había valido la pena. Le salía bien eso de coordinar el taller. Ayudaba canalizar toda esa energía desmesurada que tenía. Me parecía que lo de la banda estaba demás.
Sin embargo, muy de vez en cuando, después de un par de vasos, me distraía y me dejaba llevar. Me veía ahí arriba del escenario. Con el bajo. Desde ahí, vislumbraba, en el público, algunos de nuestros compañeros de la facu. Sabían la letra de memoria y cantaban juntos con nosotros. Imaginaba los volantes con el nombre de la banda, las tapas de nuestros discos, cerveza gratis en los recitales. Podía escuchar el murmullo de los aplausos...
Pero después volvía. Siempre volvía al toque. Supongo que esa era la diferencia entre nosotros dos, la capacidad de volver.
Volvió a la mesa, birra en mano, cantando un tema de Spinetta.
“¿Ya lo pensaste?”.
“¡Sos pesado, eh!”.
“No te voy a convencer, ¿no?”. Le alcancé mi vaso. Lo noté más apocado de lo normal.
Llenó los vasos, espuma justo hasta el borde. Levantó su vaso para hacer un brindis. “Por la banda”, dijo.
“Por el taller”, repliqué, dudando si era posible distinguir, a esta altura, entre una cosa y la otra, el taller y la banda.





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